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El problema de Yorick

 

UNDERGROUND

Entre Cuatro Caminos y Sol hay cinco paradas, apenas diez o doce minutos. He leído en algún folleto que la línea uno, esa que va pintada de azul, la diseñó Miguel Otamendi y la inauguró Alfonso XIII en 1919. Creo que en el viaje inicial entre las dos estaciones primigenias sólo tardaron diez minutos. Y eso en un tren de por aquel entonces. Toda una hazaña, pero es que el rey no paraba en ninguno de los otros cinco apeaderos. Es lo que tienen los reyes, que no circulan por los raíles habituales, y cuando lo hacen, son ellos los que deciden donde y cuando parar. Aunque alguna vez, será para compensar, el populacho se enerva en motines, revueltas, revoluciones o repúblicas, y los regios culos han de salir despavoridos para no quedarse sin cabeza.

Alfonso XIII lo supo bien, como todos los monarcas que han muerto en el exilio.

De Cuatro Caminos a Sol nunca me puedo sentar. Para cuando cojo el tren, ya va atestado de una muchedumbre iracunda. Un gentío hostil capaz de echar a un rey a patadas, pero refractaria a ducharse cada mañana. Desde sus periferias devastadas, acuden los menestrales al centro, con una higiene deficiente y hedionda por la prisa o el desdén, y con el alma humillada por la melancolía de una vida mejor, de una existencia colorista que tal vez sólo imaginen a través de los anuncios de televisión.

De Sol a Cuatro Caminos voy siempre de pie porque el vagón estabula sin piedades un ganado roto y agotado. Así me acompaña en mi vuelta a casa un rebaño vencido, una extenuada muchedumbre que regresa del centro a sus suburbios incendiados por el fulgor de un astro rey que declina como cada tarde, pero que ellos no alcanzan a ver porque permanecen sepultados bajo la ciudad. Quizá para compensar esa injusticia, atufan con más ahínco aun el ambiente subterráneo con los infames efluvios de sus sobacos e ingles.

El intercambiador de Sol parece estar diseñado por un maníaco. Los andenes y los pasadizos, las escaleras y los corredores, los pasillos y las puertas, las salidas y las entradas se me antojan como si unas y otros estuvieran construidos de manera que formasen un laberinto incomprensible que ni el propio Dédalo que lo ideó pudiese aclarar. Sin embargo, sé que no es así: yo mismo he aprendido a guiarme con la soltura de un invidente por el interior de la larva. Soy capaz de recorrer las tripas del insecto con los ojos cerrados. Cada recodo, cada rampa, cada depresión me dicen algo y yo los reconozco. Están ahí por alguna razón; aunque no lo parezca. El nudo de orugas tiene sentido. El abrazo viscoso de las crisálidas de hormigón y vacío responde a un plan, cada ángulo tiene un porqué, un motivo y una causa. Es un universo con sus propias leyes físicas dentro de otro universo. Y la aparente anarquía de sus planos no es más que eso: aparente. Se trata de un efecto deseado. Un falso desorden que responde a su razón especifica, como cada uno de los ladrillos, escalones, columnas y vigas de su estructura.

Llegar hasta este descubrimiento no fue fácil. Hube de pasar horas vagando sin rumbo por el intercambiador. Movido por una inexplicable curiosidad, espié la cadencia de los trenes, los turnos de los trabajadores del metro, el fluir de la masa humana agitada por inexplicables mareas. La masa de repente crecía, multiplicándose con furia, atiborrándose de individuos hasta casi recordar la abrupta eclosión de la prole de una araña; y luego, sin razón aparente, la riada humana remece, se remansa, se agota. Finalmente, tan sólo algún sujeto aislado en aquel vagón, dos más allá y un tercero caminado solo por el andén. Luego, por fin, nadie. Las luces se apagan y se hace la oscuridad, el silencio, la nada; tan sólo algún farol rojizo en el fondo negro del túnel alumbra el festín de las ratas.

Entonces, de pronto, sin solución de continuidad aparente, sin que veamos amanecer, se hace de día a golpe de luz artificial; mi reloj marca las seis a.m. y la gente, en creciente desembarco desde los territorios dulces del sueño, de nuevo invade el mundo opaco de calles sin cielo.

Todos estos milagros aparecen dentro de este mundo hermético sin que podamos identificar sus causas. Las causas, sin duda, existen. Tendrán que ver con los horarios de la gente que vive en la superficie, con el despertar del sol, con los periodos preestablecidos para comer, dormir o trabajar. Las causas existirán, no lo niego, sin embargo, aquí dentro no se ven, no se sienten.

Aquí dentro las causas no existen, sólo existen los resultados.

Esta es la perfecta consecuencia del diseño de Sol: parece caótico, pero no lo es. Estoy convencido de que responde a un plan prefijado, cartesiano, inexorable, sólo que no lo conocemos. Vemos apenas el reflejo de la realidad, no su razón íntima.

Pero yo conozco el organismo. Ausculto su respiración, paso la mano por las paredes combas de los pasillos y puedo sentir el fuelle de sus branquias de minotauro. Lo conozco y él me conoce a mí; los dos sabemos que cada cosa está siempre en su sitio. Antes de doblar una esquina, ya sé lo que voy a encontrar detrás: un vigilante, una mujer apresurada o un músico callejero. Todos están ahí porque forman parte del plan. Que ellos no lo sepan carece de importancia, cumplen su misión como yo cumplo la mía. ¿Cuál es mi misión? Desde luego no es descifrar el plan, no soy tan fatuo. Seguramente ni el que diseñó el proyecto sabía por qué lo hacía; él tampoco podría desentrañar el mapa. Sencillamente, cumplía con su parte, como yo cumplo con la mía. Y la mía consiste tan sólo en saber que existe un plan y ocupar en él mi insignificante lugar.

Sin embargo, mis certezas y mi tranquilidad se vieron zozobrar el día que algo pareció no responder al diseño original, el día en que no encontré lo previsible, sino lo inesperado. De pie, sobre las escaleras mecánicas, me dejaba llevar hacia el interior de las vísceras tubulares del monstruo hueco; entonces me di cuenta de que no había nadie más que yo en el metro. Por un momento me pareció estar soñando que estaba despierto. O tal vez estaba despierto creyendo estar soñando. Cualquiera de las dos posibilidades podía ser, pues muchas veces me he dormido entre la multitud subterránea pensando que soñaba con túneles desiertos.

Cualquiera que fuese la opción correcta, si es que no lo eran las dos, no tenía intención alguna de dormir o despertar para comprobarlo. Me limité a descender sin moverme, preguntándome si yo, descendiendo y soñando, sólo sería el sueño loco de la bestia vacía.

Entonces lo vi. La visión fue fugaz, pero nítida, deslumbrante. Había un cartel pegado en la pared que aseguraba que no existía ningún plan.

Sin esperar a llegar hasta el final del descenso, intenté subir a contracorriente, para comprobar cuánto había de real en mi visión. Me lo impidió la masa humana, compacta y brava, que súbitamente bajaba. De algún modo me encontraba rodeado por una sorpresiva turbamulta apremiada que reaccionaba con irritación ante mis intentos de trepar por donde había bajado. Cambié entonces de dirección, tratando de bajar a toda prisa para subir de nuevo y volver a pasar por delante del cartel, pero tampoco logré mi objetivo; ahora la gente taponaba cualquier resquicio sin ceder cortésmente el lado izquierdo, como se debe hacer para que pasen aquellos que tienen prisa.

¿Merece la pena comentar que cuando conseguí bajar, subir y bajar de nuevo, no vi ningún cartel? Lo único que puedo decir es que para mí no fue ninguna sorpresa. Ya cuando subía tuve la sensación de que no encontraría nada. Tal vez sólo fue un equívoco, una ilusión óptica, un espejismo. Pero aunque lo fuera, eso no me tranquilizaba. Sueño o realidad, dentro del suburbano todo responde siempre al mismo plan. Y aquello no lo hacía; fuese un extraño quien hubiese escrito sobre papel que no existía un plan, o fuese yo mismo quien lo hubiese imaginado, alguien se rebelaba contra los designios inexorables, alguien que sabía tanto como yo, pero que tenía más arrojo y desfachatez, aunque ese otro fuese yo mismo soñando cuando yo creía estar despierto, o yo mismo despierto mientras creía estar soñando.

Desde aquel día, dejé de confiar en el diseño. Puede que sí hubiese un plan después de todo, pero eso no significaba nada; ese plan, que me había parecido en su momento como el cenit del espacio interior, que me tranquilizaba en mi falta de voluntad, podía estar imbricado en otro plan más vasto aún, en otro diseño que lo recogiese, en otro universo que cobijase no un universo más, sino diez más, o quizá mil, o quizá millones de universos. En realidad, podía ser que ese plan superior ordenase que lo que yo veía como un diseño perfecto, como un plan cerrado, no lo fuese; que el destino del plan del metro fuese parecer pero no ser, estar pero no existir, confundir pero nunca ser comprendido porque nada hay que comprender.

Tal vez estuviese equivocado, pero eso era algo que nunca podría saber a ciencia cierta. No obstante, la duda ya se había instalado en mí como el bacilo de Koch se apodera del pulmón de un tuberculoso. Dejé de creer y no por eso me sentí libre, sino perdido.

Además, la máquina, el ser, el monstruo dejó de confiar en mí. Dejó de permitir que yo lo intuyera. Se me ocultó a partir de entonces. Desde el momento en que vi el cartel, de Sol a Cuatro Caminos ya no hay cinco estaciones, o diez o doce minutos, sino los que la bestia decide aleatoriamente en función de su humor o de mi escepticismo.

Así me siento burlado por mi reciente agnosticismo cuando descubro nuevos pasadizos que nunca antes había visto, cuando las distancias habituales entre un andén y otro se difuminan y se convierten en elásticas latitudes sin longitud, cuando, sin previo aviso, el paso cotidiano está cortado por obras, o por reformas, o porque sí. El círculo cerrado se ha convertido en una espiral abierta e impredecible. A veces, cuando me cruzo con un mendigo desconocido o camino por un pasillo ignoto, solitario y mal iluminado, donde mis pasos resuenan como el gotear de un grifo con holgura, me pregunto por qué permito el juego. Por qué me presto a servir de ratón en las tripas de una serpiente que no quiere digerirme, sino tan sólo marearme.

Yo podría si quisiera salir del nido de esta carcoma, desistir de descifrar un plan inexistente, o existente pero indescifrable, y respirar un aire que no haya sido previamente digerido, humedecido y acondicionado. Yo podría ver el sol antes de que muera cada atardecer. Sin embargo, no lo hago. Seguramente porque lo que hay fuera no es más real que lo que hay dentro, porque el exterior sólo es el molde inverso del interior, porque los volúmenes terrestres son apenas el reverso de los vacíos subterráneos. Y porque si aquí hubiera un plan, lo habría también fuera. Pero si en realidad no existe plan, o el plan verdadero es que no exista plan, entonces no existe ni allí, ni aquí; o existe para no existir tanto aquí como allí. De ser así, ¿para qué salir?

Aquí no veo las estrellas, pero fuera tampoco podría alcanzarlas.

Según dictan las caprichosas mutaciones de este universo underground, yo doy los pasos, pero mi destino se me da. Así un día, al doblar una esquina, la misma esquina que doblo cada mañana y cada tarde, lo que se me aparece no es el vestíbulo habitual, con sus tiendas de prensa, sus cafeterías y su pequeño centro comercial ambulante donde extranjeros venden productos falsificados. En su lugar, todo está detenido, incluso el tiempo y el polvo que flota en el aire. No hay nadie, ningún músico, ningún vigilante, ninguna mujer apresurada. Y en la pared del fondo, una frase enorme dibujada con un espray de pintura negra: No existe un plan.

Esta vez no hay duda, la he visto y está ahí. Sin embargo, cuanto intento acercarme, la vida empieza a correr de nuevo. Un torbellino de gente que llega tarde a alguna parte invade el zaguán mientras voces bárbaras ofrecen sus anecdóticas mercaderías a los incautos o a los desocupados. Después de un duro forcejeo con la plebe beligerante, consigo llegar hasta la pared. No me sorprende en absoluto que ya no exista la pintada. En realidad, desde que la vi supe que ya no estaría allí cuando me acercase; lo cual no quiere decir que nunca haya existido, ni que no exista ahora. El mensaje garabateado es como el plan, existe pero no siempre en el mismo tiempo ni en el mismo lugar. Allí plantado, tocando con mis manos el muro vacío, me ha parecido comprender: la pintada ya no está allí porque está en alguna otra parte.

Sea quien sea quien escribe los mensajes, evidentemente, me los dirige a mí. Por alguna razón a alguien le preocupa lo que yo piense. Sin embargo, el sentido último de esa comunicación unívoca se me escapa. O quizá no, pero tal vez sea demasiado pronto para comprender. La duda es: ¿acaso quien me escribe por los muros pretende iluminar mi confusión o por el contrario lo que desea es confundirme en mis certezas? La disyuntiva, si la hay, pues tampoco lo tengo claro, tan sólo puede ser resuelta por la fe, pues tantas razones tengo para confiar como para no hacerlo. ¿Pero en qué puedo tener fe si la única certidumbre que tenía, la existencia del plan, está en cuestión?

Repentinamente siento la necesidad, o más bien el deseo, de sustraerme a todas las vigilancias. Tanto a la del monstruo, como a la del escribano, si es que ambos no son él mismo. Aunque no sé si es posible o si tiene algún sentido; para ello sería necesario que yo tuviera la posibilidad de razonar por mí mismo y que mis pensamientos no estuviesen dirigidos desde fuera; para ello sería necesario que yo fuera libre y que no existiera un plan; ¿o acaso es posible la libertad dentro del plan? Lo dudo, pero decido intentarlo.

Giro sobre mis talones, dejando a mi espalda el muro; he de darme prisa, tal vez consiga, si no engañarlos, sí despistarlos por unos momentos; apenas los necesarios para saltar a un universo paralelo donde no me esperen. Podrán seguirme hasta él, eso seguro, y aunque lo conozcan mejor que yo, no conocen todavía como me comporto yo en él. Lo cual es tanto como desconocerme. Con premura, encamino mis pasos hacia las entradas habituales de los andenes de la línea uno, esa que va pintada de azul; como estoy en Sol, esperarán que busque el que lleva hasta Plaza de Castilla para bajarme en Cuatro Caminos, como hago todos los días. Sin embargo, bruscamente, me detengo bajo el arco antes de que empiecen las escaleras, roto sobre mi eje y emprendo la huida. No obstante, la mujer apresurada estaba atenta y se interpone en mi fuga. Yo también la estaba esperando. Uso las tácticas del judo, y como una rama que ceda bajo el peso de la nieve sin quebrarse, aprovecho su energía para arrojarla escalones abajo.

No sé cuanto tiempo habré ganado con la argucia, pero he de aprovecharlo. Salgo corriendo en dirección a las escaleras que llevan hacia el color rojo, las de la línea dos. La muchedumbre se espesa, se compacta, se funde en una aleación pegajosa de la que lucho por librarme. El empeño de la masa por impedirme avanzar me llena de esperanza; la bestia no recurriría a este brutal recurso si no temiese mis probabilidades de éxito. Esta luz al final del túnel me espolea como un fustazo; saco mi navaja del bolsillo, y sus cachas nacaradas en seguida se ennegrecen con la sangre del bulto amorfo y hostil al que acuchillo con ira. Voy abriéndome paso a puñaladas; el gentío retrocede a medida que voy segando a sus más epidérmicos componentes.

Así, a navajazos, voy avanzando hacia la cima del cerro.

Por fin estoy delante de los pasillos de la línea dos. Pero he perdido mucho tiempo, y los sicarios de la fiera enterrada se reagrupan en el valle. Por un momento, dudo qué camino tomar, pero un rápido vistazo a los carteles me ayuda a decidirme: Ventas, porque el otro ramal me vuelve a llevar a Cuatro Caminos. Me lanzo precipitadamente escaleras abajo con la cuchilla en la mano y el torso empapado de sangre ajena.

Invado el apeadero con la bravura suicida de un añojo de lidia, dispuesto a tumbar a quien se ponga por delante. Mis pisadas y amenazas rebotan contra las paredes cóncavas de la gruta vacía. No hay nadie, tampoco hay tren.

Sé que vendrá. En este universo, paralelo al de la línea uno, pero distinto, aún no han podido cambiar las normas por mi anómala presencia. Como nunca antes había estado por aquí, todavía no las hay. El universo de la línea dos sin mí es absolutamente distinto al universo de la línea dos conmigo dentro.

Y las reglas de este nuevo universo todavía no existen. Las estamos promulgando ahora mismo.

Me siento tranquilo en un banco a esperar la llegada del tren; dejo caer la navaja pringosa de hemoglobina y plaquetas inútiles, ya no me hace falta. Incluso creo que me he amodorrado un poco, porque repentinamente me despierta una melodía folk. Es el músico callejero, que baja los escalones tocando con una guitarra acústica viejas canciones de Peter Seeger.

Con paso cansino y murmurando oxidadas consignas de paz y amor, el músico se planta delante de mí.

- El plan es que no hay plan- le digo -.Yo soy libre. Nada está escrito.

- Last train to Nüremberg ...- canturrea.

- Como quieras - le digo cogiendo la navaja del suelo.

- Si no existe un plan, ¿qué hacemos tú y yo aquí?

- Tú no sé, yo coger un tren.

En ese momento llega la locomotora piafando y rechinando entre una nube de vapor imaginario. Yo la estaba esperando, él no. Seguramente de ahí su cara de sorpresa cuando lo arrojé de un empujón bajo las ruedas; la guitarra, al destruirse, expelió un estertor desafinado, como el de un piano en miniatura al caer de un sexto piso.

El vagón está medio lleno de gente; encuentro un sitio libre y me siento. A mí alrededor percibo una tibia preocupación por mi aspecto de matarife; nada demasiado grave, el metro borbotea de tipos raros y extremos que contemplan con templada indiferencia a otros tipos extremos o raros.

La voz pregrabada y sintética de la locutora anuncia el inminente destino a través de los altavoces integrados en la carrocería del coche.

- Próxima estación: Sevilla.

Introduzco los auriculares en mis pabellones auditivos, aprieto el botón del play y los sordos decibelios inundan mi cabeza con una vieja canción de Leño, la del tren azul: si controlas tu viaje, serás feliz. Yo no aspiro tanto. No sé a qué aspirar, ni siquiera sé si en realidad estoy viajando.

En Sevilla se baja todo el mundo, y nadie sube. El convoy inicia la marcha y nos introducimos en la opacidad fantástica de un túnel. De mi macuto saco un libro y empiezo a leer. Lo he abierto por una escena ferroviaria; en ella un hombre viaja solo en un compartimento, va leyendo un libro. En el exterior se deslizan a toda velocidad impresionantes bosques tupidos de hayas doradas de otoño, colinas erosionadas de años y versos, y lagos reflectantes de sueños y astros. Es un paisaje conmovedor, pero el pasajero no lo ve, tan concentrado se encuentra en la lectura de la historia de un viajero montado en tren. El protagonista de la historia no mira el paisaje que le rodea porque va leyendo el relato de un tipo subido en un tren que va leyendo sobre otro hombre que viaja en tren y que no mira por la ventana porqué está enfrascado en la lectura.

- No existe un plan.

La voz enlatada de la locutora me indica que mi viaje ha concluido.

El tren por fin abandona el túnel y se detiene en Retiro. El hecho de que no nos hayamos parado en Banco de España, la estación intermedia, y que en realidad ni siquiera hayamos salido del túnel para llegar hasta aquí, tampoco debería sorprender a nadie. Si Alfonso XIII no se detuvo en 1919 entre Sol y Cuatro Caminos, ¿por qué no podría hacer yo lo mismo ahora que he decidido ser un hombre libre? Y además, a él le llevo sólo diez minutos; a mí, según delata mi reloj, varias horas de circulación intestina.

En el andén no hay nadie. Subo con calma las escaleras. En el vestíbulo, el vigilante está dentro de la vitrina del taquillero. No me ve. Mira con gran interés una televisión portátil. Me acerco hasta el cristal y echo una ojeada a la pantalla. En las noticias hablan de unos extraños crímenes acaecidos en el metro de Madrid, concretamente en la estación de Sol. Por lo visto, un perturbado ha acuchillado a varias personas en las escaleras mecánicas y ha arrojado bajo el tren a un músico callejero. Se ofrecen además unas imágenes del sospechoso tomadas por una cámara de seguridad en el salón del intercambiador. En la pantalla aparezco yo dibujando un grafitti enorme en la pared. Antes de alejarme navaja en mano del campo de visión de la cámara, he mirado fijamente al objetivo y he sonreído.

Abandono el recibidor del metro, empujo las puertas de cristal y deambulo por un pasadizo subterráneo que hiede a orines. Subo unas escaleras y la brisa de la tarde, fresca y viva, me acaricia el rostro. Bajo mis pies crepitan las hojas amarillentas y exangües. Un perro viene a mi encuentro y me lame las manos. Acaricio su tosca cabezota y lleno mi pecho con un oxígeno vívido de pólenes y ácaros. Antes de emprender mi camino arrojo a una papelera el bote, vacío de pintura roja, y la navaja, sucia de sangre negra.

Paseo sin prisas entre los árboles. Disfruto de sonidos nuevos, de las risas de los niños, los ladridos de los canes y el jadear de los corredores de fondo. Aunque nunca había estado fuera del Metro, sé donde tengo que ir. En realidad siempre lo he sabido. Llego hasta el estanque; en su extremo este, protegidas por unas descomunales esculturas, hay unas escalinatas que descienden hasta el agua. Sentados en los escalones hay parejas y camellos, adolescentes y algún mirón. Pero no me hace falta buscar muy detenidamente para encontrarme sentado en un extremo. Estoy solo, escribiendo un cuento sobre el Metro. Es curioso que lo haga, escribir sobre el Metro, porque nunca lo uso, no me gusta: es un mundo sin cielo.

Me acerco hasta mí; ya me estoy esperando. Levanto los ojos del cuaderno y me sonrío de la misma forma en que acabo de verme hacerlo en la pantalla fría de la televisión.

-Te ha costado, ¿eh? - me reprocho.

- Ese era el plan, ¿no? - replico.

- Quién sabe si existe un plan. Eso da igual - me confirmo sin necesidad - Ven, siéntate, esto todavía no lo has visto. Y es algo de verdad importante.

Acepto la invitación con agrado, no siempre se tiene la fortuna de escapar al destino. Detrás de nosotros, el sol está muriendo en su perfección matemática de crepúsculos. Lo vemos reflejado en el agua y en los tejados de los edificios señoriales al otro lado del parque. Un fulgor espectral Inflama de llamaradas dulces las ventanas de los áticos y el cobre de los marcos.

El ocaso ocurre a nuestra espalda, pero, delante de mí, el baile de sombras y reflejos rosados en las paredes de antiguas fincas de vecinos me estremece.

Tal vez sea sólo mentira un atardecer proyectado sobre cemento y vidrio, pero es el embuste más bello que puedo imaginar.

 

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