La rosa del Valle de los Caídos
El Valle de los Caídos es hoy objeto de discusión en las más altas esferas políticas y periodísticas. La otra tarde, toda una tertulia de una famosa cadena de radio, algo así como dos horas y media de saliva y hertzios, se entretuvo en una sola cuestión: ¿cómo despolitizar el Valle? Se ve que no tenemos problemas más acuciantes ni urgencias más exigentes. A mí esto de ponerse a discutir ahora sobre si son galgos o podencos los monjes soldados de Juan de Ávalos me recuerda a las tertulias de los rentistas en el casino del pueblo, un lujo de quien no tiene nada mejor que hacer. O como diría el otro, si todos estos que tanto se preocupan por la memoria y la historia tuvieran que levantarse a las seis de la mañana para coger un cercanías que no llega, a buenas horas iban a ponerse a pensar en semejantes chorradas.
Yo no sé si usted, señora, ha estado alguna vez en el Valle de los Caídos. Yo sí. Y le puedo asegurar que despolitizar aquello es un empeño imposible. ¿Conoce usted muchas iglesias donde el visitante haya de superar un detector de metales? El Valle es política tallada en piedra, y eso no lo cambia ya nadie. Pero no creo que en realidad se trate de despolitizar nada, sino de politizar en el sentido inverso, de dejar a los ultras sin siquiera ese reducto pétreo. Baldío esfuerzo a no ser que lo dinamiten, y aun así permanecerá como ubicuo e imaginario Valhala o Sangrilah franquista. Por mucho que los izquierdistas conviertan formalmente aquel templo excavado en la roca en un museo de la memoria, por mucha vaselina demagógica que suelten por allí en discursos y proclamas, por mucho que se lleven las tumbas de Franco y José Antonio a no se sabe dónde, aquello no dejará de ser lo que es: un parque temático del más rancio nacionalcatolicismo y un túmulo estéticamente horrible en medio de unas peñas impresionantes.
La mayoría de los jóvenes desconoce ya qué coño es eso del Valle. El lugar languidecía mortecino hasta que los nuevos zapateros han reparado en él y se han escandalizado por la pervivencia del símbolo. Pero tampoco creo que ellos lo conozcan realmente. Yo recomiendo a todos mis conocidos visitar aquello alguna vez y, sobre todo, que coman en la cantina del monasterio benedictino. Esa cantina es como viajar en el túnel del tiempo: bistecs correosos, vino áspero, patatas grasientas, flan casero, todo servido por unas señoras de edad indefinida pero con pinta de haber hecho las misiones en el África de los botes antiguos del Cola Cao. Por 9 euros más o menos se puede visitar un pasado todavía vivo de mantel de hule y guión de Jaime de Andrade. Pasado inofensivo que ya se nos escapa entre los flecos de esta modernidad de metacrilato y cemento.
Pero si la cantina y el monasterio benedictino son una verdadera delicia kitsch para los amantes de lo freaki, el templo en sí es auténtica droga dura. La basílica revela el demente poso espiritual que insuflaba la paranoia de unidad de destinos en lo universal y conspiraciones judeomasónicas. Pisar aquellas losas, sentir la mirada ciega de los angulosos cruzados de Ávalos, respirar la humedad vieja que se infiltra en los muros y los techos... joder, todo eso pone los pelos de punta. Sobre todo cuando uno recuerda que aquella delirante estructura se levantó sobre el sudor de cientos de prisioneros de guerra republicanos.
Mientras uno pasea por aquellas dependencias, recorre los senderos del jardín o sube hasta la gigantesca cruz de 150 metros de altura, no puede evitar observar de reojo al resto de visitantes y preguntarse a qué gremio pertenecerán: ¿al de los turistas, al de los nostálgicos, al de los sarcásticos, al de los excombatientes o al de los vencidos? Acto seguido, es imposible no preguntarse en cuál nos estarán integrando ellos. Y así la tarde transcurre apacible entre miradas curiosas y cuchicheos. El sol declina por un horizonte montañoso y la grandiosidad de la Naturaleza deja pasmados a los visitantes. La atmósfera que se respira allí es única. Y todo lo que es único, aunque esté viciado o sea perverso, es precioso, como preciosas son cada una de las flores del mal a las que cantó el poeta francés de la sífilis.
Así que no la toquen más, que así es la rosa.