Francia en moto, tierra de foie, pepinillos y vino
Francia es un país enorme y verde surcado por ríos caudalosos. Tras cruzar los Pirineos por el túnel de Som Port, llego en un santiamén a Pau, a unos 20 kilómetros de la frontera. A partir de ahí procuro circular por estrechas comarcales que recorren montes y valles y están flanqueadas por frondosos árboles. Este tipo de vía ya casi no se ve en España. Los automovilistas son por lo general bastante respetuosos con las motos.
Me dirijo hacía el Norte por una ruta fantástica entre viñedos y bosques. Los pueblos son pintorescos y los escenarios rurales casi de película. Francia parece infinita, las pequeñas distancias en el mapa se convierten en horas de conducción. Se suceden los campos de pepinillos y las granjas de patos y ocas, los senderos arbolados, los castillos, las mansiones y las pequeñas villas. Todo guarda una prodigiosa armonía. Sólo encuentro un punto oscuro: los arrabales comerciales de los núcleos urbanos. Estos suburbios de gran comercio son clónicos y horribles, pero este feísmo es ya igual en todos sitios.
En Pradines, una aldea cercana a la medieval ciudad de Cahors, encuentro un tipo clavado a Astérix. Pequeño, nervudo y arrugado por el Sol. Su enorme mostacho es como el de José Bové, el activista antiglobalización que quemó un McDonalds. Ese biotipo rústico y campechano se repite mucho por aquí. Me recomienda un hotel barato. Cuando llego, está cenando un grupo de obreros que observa a la moto y al piloto como si fueran extraterrestres. Mi cuarto me recuerda el cuadro «La habitación» de Van Gogh. Hay dos lechos de cincuenta centímetros de ancho, un lavabo y una ducha incrustada en un rincón. El retrete de madera, común y en el pasillo. «Bueno», me digo, «en peores plazas hemos toreado».
Al día siguiente salgo en dirección a la zona de Burdeos.
En Agen sigo hasta Villeneuve S-Lot y Montflanquin. La carretera es
agradable aunque con algunos tramos en obras. Encuentro algunas motos
que vienen y van. En Villereal me alojo en el bed and breakfast de
Peter Howard, un inglés retirado que junto a su mujer ha comprado
una villa de vacaciones.
Roscoff, donde cogeré el ferry rumbo a Irlanda, está todavía a más de mil kilómetros. Decido meterme seiscientos en una sola jornada y llegar hasta Le Mans. Las autopistas francesas son muy buenas, pero el tráfico de camiones es intenso y, en ocasiones, agobiante. En una gasolinera coincido con un grupo de moteros locales que están de viaje. Charlamos un rato mientras reponemos fuerzas, comparamos las motos y nos deseamos suerte en la ruta. Al llegar a Le Mans estoy destruido.
Tras visitar el Museo del Automóvil y el circuito, salgo para Bretaña. La fortaleza de Mont Saint-Michel impacta la vista del viajero. Sin embargo, el lugar es demasiado turístico, así que prosigo con mi proyecto de dormir dentro de la ciudadela de Saint-Malo. Lo hago en un hotel regentado por una familia de frikis, pero el precio me convence. Ceno a lo grande en Aux Vielles Pierres por unos módicos 50 euros con un vino de Burdeos superior.
Por la mañana el día se ha levantado soleado, pero el otro extremo de la bahía se ve brumoso, irreal, como si un gas tenue dulcificara los contornos de las cosas. Los edificios del horizonte se ven como a través de un antifaz de gasa. La playa es inmensa y plana. El aire marino se llena del olor de los moluscos que agujerean por doquier el piso de arena húmeda.
Roscoff es una típica villa bretona junto al mar. Las casas son bajas, de piedra rugosa y techo de pizarra. La bahía tiene unas mareas muy acusadas. Cuando baja, los barcos quedan depositados en la arena a kilómetros del mar. Es un espectáculo un poco triste. Los barcos son para navegar y no para echarse la siesta.
En la fila para embarcar, coincido con dos fornidos alemanes de mediana edad que viajan en sendas Hondas Africa Twin perfectamente equipadas. Detrás de mí llega un tipo pequeño, de unos sesenta años, que monta una Yamaha Virago 535 de 1990. Se llama Eric y es irlandés. Ha vivido en Londres cuarenta años, vendió su negocio y se ha retirado en Irlanda. Viene de hacer una ruta por Francia con unos amigos. Los controles de seguridad que realizan los policías franceses son mucho más serios que los que he visto hacer a los españoles o a los italianos. Pero el único coche al que paran es un Seat Ibiza con matrícula de Barcelona.
El barco es enorme y confortable. Subo la moto a la bodega por la rampa y la sujeto con unas cinchas. Los camarotes son bastante espaciosos. La tripulación es irlandesa y, aunque son educados, se muestran firmes con los pasajeros. Me recuerdan a los porteros de discoteca. Por la noche ceno con Eric. Nos bebemos dos botellas y media de vino mientras hablamos de la vida y las mujeres. Temas universales, por lo que se ve.
Por la mañana me levanto muy pronto. Desde cubierta ya se
ven las verdes costas de Irlanda sobrenadando en una espesa bruma.
Apoyado en la barandilla, me pregunto qué raras aventuras voy
a vivir aquí durante los próximos tres meses. Sea lo
que sea, me prometo vivirlo con la misma ingenuidad cabezota de aquel
memorable personaje de John Ford en la película «Un hombre
tranquilo», rodada cerca de Galway.