En moto por la República de Irlanda

Un buen día significa que no llueve

 

El ferry que había zarpado desde el puerto francés de Roscoff atracó en el sudeste de Irlanda, en Rosslare, a trescientos kilómetros de Galway. Irlanda nos recibe con el cielo oscuro, repleto de grumos de lluvia. Mi primera impresión es que el país tiene malas carreteras y peores conductores. Circular por la izquierda no resulta demasiado problemático salvo en las rotondas, al parar a repostar o cuando en los cruces me empeño en mirar en el sentido contrario, propiciando divertidas caras de terror y algunas agrias reprimendas. El paisaje es atractivo, verde, muy verde, obsesivamente verde. La vía es estrecha, bacheada, atestada de un tráfico agresivo. Al tomar uno de los escasos tramos de autovía, se me cruza un enorme gato salvaje. Si llega a salir de su escondrijo un segundo más tarde, ahora mismo los dos estaríamos muertos. No sé cómo tomar el susto, si como buen o mal augurio.

Nada más llegar a Galway, discusión de tráfico. Realizo una maniobra dubitativa y oigo un claxon a mi espalda. Son un par de niñatos. Los dejo pasar y empiezan a tocarme las narices intentando cerrar mi paso. Al colocarme a su lado, el conductor me saca la lengua y me enseña el anular enhiesto. Detengo la moto y hago ademán de bajarme. Ellos aceleran y yo los persigo un rato hasta que me doy cuenta de lo absurdo de toda la situación. Regreso al centro de la ciudad y me meto en un pub donde a las cinco ya están bebiendo sin desmayo. Al día siguiente el tiempo empeora y ya no dejará de llover cada día de este inexistente verano.

El país está inmerso en un debate político. Los irlandeses tienen que decidir en referéndum si ratifican el Tratado de Lisboa. La historia de Irlanda está teñida de sangre por la independencia y el autogobierno. La dominación británica fue durísima y las leyes que impedían a los católicos (el 90%) ser electores o elegibles no se derogarían hasta 1829. La independencia la consiguieron en 1921 gracias a un tratado que supuso la segregación del Ulster y una guerra civil entre católicos que causaría más muertos que la propia lucha de liberación nacional. Algunos de los más llamativos carteles del «No» hacían referencia a esta dolorosa historia y consistían en la primera declaración del Gobierno de la República dirigida a los irlandeses y a las irlandesas («irishmen and irishwomen») con un gráfico mensaje sobreimpreso: «Algunos murieron por tu libertad, no les des la espalda. Di no».

ISLAS DE ARAN

Irlanda es un estado joven nacido en el XIX y existe todavía en él un componente emocional muy fuerte. Me daría cuenta de ello en mi viaje a las Islas de Aran, el pequeño archipiélago situado al oeste de Galway. Se trata de un puñado de islotes asolados por el viento y la lluvia. En la isla más grande apenas resisten 900 almas y seis pubs. Su economía es de subsistencia: pescan marisco, tricotan jerseys de lana y cultivan patatas raquíticas.

La isla principal, a pocas millas de Galway, no es más que una balsa de piedra en medio del mar. Infinidad de vallas delimitan campos diminutos donde pastan escuálidas vacas. Sólo circulan microbuses, bicicletas y algunos coches viejos. Es una región atrasada, de naturaleza pobre y adversa. Sin embargo, el tráfico de ferries es constante y cada año reciben cientos de miles de turistas en peregrinación para recorrer sus escasos diez kilómetros de largo.

Una de las razones para esa peregrinación es la lengua materna de los isleños: el gaélico. La naturaleza allí es tan adversa que los ingleses no les hicieron maldito caso. Hoy, los irlandeses del interior los visitan con la reverencia debida a un pedazo vivo de su historia mítica de leyendas celtas. Aran es el último reducto virgen en un mundo cultural anglosajón; si ayer fueron las tropas del rey, hoy son las series televisivas inglesas, norteamericanas o australianas las que diluyen poco a poco su acento y su esencia. Los jóvenes de Dublín hablan un dialecto mestizo que consideran cool y que no es más que una estratificación de dichos y tópicos de sit com y soap opera. Pero, cuando los irlandeses oyen hablar el mitológico y puro gaélico de los isleños, revive en ellos un orgullo nacional combativo e irredento. Para muchos, en el fondo, toda Irlanda es una inmensa isla de Aran que sigue resistiendo indómita contra el enemigo.

CONNEMARA

Al salir de Galway en dirección a Clifdden, pronto la vía se hace más estrecha y la calzada se arruga. Son un suplicio esas irregularidades del terreno para ir en moto. La carretera serpentea paralela al río Corrib. A ratos se abren claros en el cielo anubarrado y entonces las estribaciones del parque nacional de Connemara aparecen perfectas a la derecha, conjugando colinas arboladas y planicies asoladas. Las ovejas campan a sus anchas e invaden la vía. Llevan pintura roja o azul en el lomo para identificar su pertenencia.

Roundstone es un pueblecito en la costa. Apenas una calle repleta de restaurantes y pubs. La ruidosa llegada del motorista extranjero causa sensación. Me siento en la terraza, al sol, sobre un largo banco de madera y me siento el amo del mundo con toda mi libertad por delante y una pinta de cerveza. Charlo un rato con un matrimonio sesentón que me cuentan que estuvieron en España en el año 1984. «Oh», les digo, «las cosas han cambiado mucho». Pero lo cierto es que yo también estuve en Irlanda hace veinte años y esto tampoco es lo que era.

EL SUR

Hoy hace un buen día. Un buen día aquí significa que no llueve. Las nubes hoy no son gris plomo, sino de un blanco algodonado casi virginal. Cirros panzudos cuyos extremos se rompen en deshilachados flecos de espuma. Ha salido incluso el sol iluminando con una extraña e hiriente claridad la palidez de las pieles y el verdor de los árboles. El río es un espejo serpenteante y la moto se alegra de esta inesperada amabilidad. Y es que no está siendo una temporada agradable para ella. Es un pura sangre, un animal de asfalto con ganas de correr, y aquí lo tiene difícil. Decido viajar hasta el Sur para darle un poco de libertad.

Limerick está a unos 100 km de Galway. La mayor parte del camino se hace por la nacional N20 con unos arcenes anchos delimitados por líneas amarillas discontinuas. El eje de estas vías está pespunteado por unos ingenios reflectantes llamados ojos de gato que sobresalen un centímetro o dos del firme. Son una pesadilla para las motos. Pero lo peor son los núcleos urbanos. El piso es espantoso, bacheado, roto, irregular. Luego hay otros tramos de carretera estrechísimos, sin arcenes y con calzadas inverosímiles. Flanqueados de espesa vegetación, da la impresión de estar atravesando un pasillo boscoso y mágico donde habiten duendes y hadas.

Paso por Limerick y continúo hasta Cork bajo un extraordinario cielo azul. Cork se considera a sí misma la verdadera capital de Irlanda. Es rica, grande y con muchos edificios nuevos. De Cork a Killarney se coge la N22 que sigue el curso del río Lee. Al llegar al lago Iniscarra, la N22 se despide del curso fluvial e inicia un ligero ascenso hacia el Norte. Es un tramo precioso entre coníferas y otra vegetación de altura.

La N86 nos lleva a la sorprendente península de Dingle. Turística y pura a la vez, la pequeña península no medirá más de 30 km de longitud. Su istmo es plano, pero el final es montañoso justo para acabar cayendo abruptamente sobre el pueblo de Dingle. De ahí se puede regresar a Tralee a través del paso de Connor a 457 metros de altitud, algo insólito en la muy plana Irlanda.

El regreso a Galway por la costa supone contemplar un paisaje totalmente distinto. Los campos adyacentes a la costa están totalmente desarbolados y las ovejas pastan mansamente ignorando el frío viento que mece las gramíneas y otras hierbas altas. Es una zona turística que da al océano Atlántico. Las aguas son frías pero los turistas se tumban al sol en las playas de arena e incluso algún osado se baña en el mar. Los pueblos se suceden llenos de vida en un gélido julio: Kilkee, Quilty, Lahinch. En los impresionantes y conocidísimos acantilados de Moher hay una multitud de turistas que juega con el vértigo.

En la zona montañosa de Burren la carretera ya no merece tal nombre. Es una sucesión de curvas sembradas de baches y grava. El Burren es una zona turística para caminantes y excursionistas, pero el motorista que se pierda con una deportiva por aquí deseará salir cuanto antes. En Kinvare está el bien conservado castillo de Dunguaire y de nuevo se ve el mar cavando bahías a lo largo de la costa. Galway queda cerca y eso se nota en el tráfico, que se va haciendo más intenso y hostil. Irlanda no tiene nada de pacífico en sus carreteras. Para conducir tranquilo en este país, lo mejor es quedarse en el pub.


 

Miquel Silvestre

Miquel Silvestre

Miquel Silvestre es entre otras cosas Licenciado en Derecho. Posee por tanto unos superficiales conocimientos jurídicos que le sirven para ganarse la vida y para rellenar de paja sus novelas cuando se queda sin ideas. También es un iconoclasta y un atrevido autorzuelo que sustituye con desvergonzada cara dura sus carencias educativas. Y lo que es más grave, le sale bastante bien el trueque tramposo. Escritor visceral desde los veintidós años, edad en la que salió del glorioso ejército español con mucha rabia, algunos vicios y un acendrado sentimiento existencialista, le daba por atestar sus cajones de residuos gráficos que consideraba ilegibles. Hasta que un día, cumplidos los treinta y tres, le dio por intentar publicar.

Extraído de Cuánto y por qué tanto

Writer's Museum de Dublín (La Nueva España)

 

Con menos de cuatro millones de habitantes, Irlanda tiene cuatro premios Nobel de Literatura y se teme que dé alguno más antes de que el calentamiento global sumerja Estocolmo. De clima insufrible, pobre y apartada del mundo, la joven nación ha fraguado una identidad sentimental de antihéroe histórico; a Dios gracias, cercenado de extravíos cursis a fuerza de su secular alcoholización.


Literatura y política, siempre juntas y revueltas. Varios líderes de la rebelión de 1916 fueron poetas, como Patrick Pearse, quien formaría parte del efímero Gobierno Provisional de la República. Su premio, ser fusilado en el patio de la Prisión de Kilmanheim y que los niños memoricen hoy sus poemas. Las cosas no han mejorado demasiado. Años después, el Nobel Seamus Haney, nacido en el Ulster, se negó a formar parte de una antología de autores británicos.

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