Hijos de Satanás
Hubo una vez un escritor llamado Charles Bukowski que se reinventó a sí mismo. La creación fue bautizada como Hank Chinaski y el resultado tuvo tanto éxito que ha sido traducido a todos los idiomas e imitado hasta la náusea.
Denostado y admirado a partes iguales, el viejo indecente no deja indiferente a nadie, por eso la marca Bukowski sigue vendiendo bien cualquier producto que se sume al merchandising de la botella y la barba sucia, como muestran las impenitentes publicaciones de poemas, entrevistas y otro material inédito y una novela póstuma tan sospechosa como divertida llamada "Pulp". Hay quien dice que la mercancía está sobrevalorada, que la narrativa de Charles Bukowski no es más que basura reciclada. Puede ser, pero entonces no sé por qué tantos sabios pierden su valioso tiempo intentando demostrar que Bukowski no vale nada y Carver es un fuera de serie. De todos modos, por mí, Carver puede irse a la mierda. Y con él todos los doctos maestros de literatura.
No pretendo ser razonable ni tener razón; si lo pretendiera no me dedicaría a la literatura sino a la política o a la fontanería. Y si me dedico a la literatura y no a la fontanería quizá sea porque en un momento de mi vida adolescente me encontré con un viejo sucio y barbado que escribía cosas tan provocadoras como "La máquina de follar" o "Música de cañerías". Y al leer aquellas procaces barbaridades me dije: macho, tú también puedes escribir. Pero no porque Bukowski escribiera cosas fáciles o simples, sino porque me enseñó algunas verdades reales, verdades que probablemente los listos con carné no sepan apreciar, pero que a mí me hicieron ver la luz al final del túnel cuando más lo necesitaba. Aprendí que de todo se puede sacar material literario.
Da igual lo sórdido, personal o intransferible que sea, si uno es sincero y tiene algo de talento para juntar cuatro palabras con sentido y ritmo, entonces se puede crear algo valioso.
Bukowski fue un creador. Con un par. Para empezar se creó a sí mismo. Su personaje vagabundo paupérrimo y pendenciero sólo en parte tenía que ver con él. Salvo una breve temporada de juventud en que anduvo de aquí para allá, Charles Bukowski fue un anónimo empleado de correos durante 39 años, no salió de West Boulevard, su barrio en Hollywood, y siempre mantuvo un dinerillo en el banco. Cierto que bebía, que mantenía una relación no matrimonial con una mujer y que apostaba regularmente en el hipódromo, pero eso lo hacían también cientos de miles de proletarios norteamericanos y ninguno supo dibujar al magnífico y marginal Hank Chinaski. Quizá por eso el FBI le dedicó una investigación en toda regla durante casi un año.
Así que yo le debía una al viejo indecente. Por eso cuando los escritores Patxi Irurzun y Vicente Vinalia me propusieron participar en un homenaje en su memoria, no lo dudé un instante. Junto a mí, reunierona 36 tarados más para conformar un libro extraño, poético y prosaico a la vez; un libro descarnado, brutal y tierno; un libro que dirá más de nosotros como generación que todos los estudios sociológicos pagados con dinero público. Un digno homenaje, qué coño. "Resaca /Hank Over", publicado por Caballo de Troya es ya una realidad. Pero antes de que lo fuera, cuando no había más que sueños y buenos propósitos, cuando sólo era un loco embrión de libro, cuando no había nada en el papel, ya sabía yo que corríamos el riesgo de la incomprensión acomodaticia de los santones del buen gusto. Que pronto se nos acusaría de meros epígonos del estilo sucio del maestro. Que se diría que es un libro estéril, inútil, vacío. Que se diría que no somos nada, que lo escrito es basura, que sólo es un eructo sin necesidad.
¿Y sabe lo que le digo, señora? Pues que los santones tienen toda la razón. Por eso "Hank Over" es un libro cojonudo, porque sólo los buenos libros son prescindibles e inútiles, y por eso estoy tan podridamente contento de ser uno de esos malditos hijos de Satanás.