Dos mundos, una isla y dos océanos

Ciudad del Cabo

 

 

Ciudad del Cabo. Destino mítico. Cosmopolita e interracial, mezcla lo sofisticado y lo primitivo. Fundada en 1652 por la compañía mercantil holandesa Vereenigde Oost-Indische Compangnie, es hija legítima del capitalismo moderno. No hay dioses en su pasado fundacional ni propósitos evangelizadores. Su primer gobernador, Jan Van Rieebeck, no fue nombrado por rey alguno, sino por una junta de accionistas.
Llegué a Kaapstad en junio, cuando comienza el invierno en el hemisferio sur y las nubes se adensan sobre la Table Mountain. Después de 11.000 kilómetros en moto desde el Ecuador Kenyata, se me revelaba no sólo como la Ítaca deseada donde terminar un viaje insensato, sino también como un cómodo paraíso para reponer los kilos perdidos durante sesenta jornadas de privaciones, tienda de campaña y alguna que otra disentería.
Cool como San Francisco y tan poco sudafricana como poco norteamericana es Nueva York, Cape Town es igual que cualquier otra gran urbe: una república en sí misma. Distinta a todo lo que no sea ella. Mágica y acogedora. Sin embargo, recorrerla en moto, ascender el monte Lion´s Head para contemplar el abrazo de los dos océanos o disfrutar de los vinos de Constantia o Stellenbosch, no es opio bastante fuerte como para hacer olvidar su disociada realidad en dos mundos antagónicos. La ciudad blanca y la ciudad negra.
El apartheid sigue vivo en Sudáfrica. Los blancos, alrededor del 8%, ostentan el poder económico, mientras que negros y “coloured” permanecen sumidos en una pobreza sangrante, recluidos en “townships” sin saneamiento alguno y engañados con el amargo caramelo de poder votar a gobernantes corruptos.
Johanesburgo es afrikáner, regida por los nietos del Gran Trek calvinista que colonizó el interior del país entre 1834 y 1838. Derrotaron a los zulúes y están orgullosos de su simpleza boer. Pero Ciudad del Cabo fue territorio inglés y se piensa a sí misma civilizada, abierta, progresista y tolerante.
Tal vez sea esta presuntuosidad lo más irritante. En Ciudad del Cabo las diferencias sociales son tan dolorosas y palpables como en el resto del país. Pero su autosuficiencia convierte la fractura en obscena. En el centro, los coches más lujosos circulan ciegos y sordos por delante de mendigos y yonquis deteriorados hasta lo irreal; sin embargo, los conductores blancos que niegan la limosna escuchan a Johnny Clegg o Mirian Makeba. Se piensan modernos.
En el largo paseo marítimo están los apartamentos más caros de África. Es un lugar delicioso. Al atardecer, salen a los balcones grupos de amigos que brindan con delicados vinos en altas copas de cristal. Se saben cultos, ricos y guapos. Delante de ellos flota sobre el mar una mancha verde. Es la Isla de Robben. Apenas dista unas millas, está ahí desde siempre, pero nunca la vieron. Nadie quería verla. En esa isla existía una prisión. Allí pasó veintisiete años Nelson Mandela y nadie dejó de brindar al atardecer.

Texto y Foto Retrato: Miquel Silvestre.
Fotos: Carlos Pérez Gil

Artículo original

Miquel Silvestre

Miquel Silvestre

Miquel Silvestre es entre otras cosas Licenciado en Derecho. Posee por tanto unos superficiales conocimientos jurídicos que le sirven para ganarse la vida y para rellenar de paja sus novelas cuando se queda sin ideas. También es un iconoclasta y un atrevido autorzuelo que sustituye con desvergonzada cara dura sus carencias educativas. Y lo que es más grave, le sale bastante bien el trueque tramposo. Escritor visceral desde los veintidós años, edad en la que salió del glorioso ejército español con mucha rabia, algunos vicios y un acendrado sentimiento existencialista, le daba por atestar sus cajones de residuos gráficos que consideraba ilegibles. Hasta que un día, cumplidos los treinta y tres, le dio por intentar publicar.

Extraído de Cuánto y por qué tanto

Writer's Museum de Dublín (La Nueva España)

 

Con menos de cuatro millones de habitantes, Irlanda tiene cuatro premios Nobel de Literatura y se teme que dé alguno más antes de que el calentamiento global sumerja Estocolmo. De clima insufrible, pobre y apartada del mundo, la joven nación ha fraguado una identidad sentimental de antihéroe histórico; a Dios gracias, cercenado de extravíos cursis a fuerza de su secular alcoholización.


Literatura y política, siempre juntas y revueltas. Varios líderes de la rebelión de 1916 fueron poetas, como Patrick Pearse, quien formaría parte del efímero Gobierno Provisional de la República. Su premio, ser fusilado en el patio de la Prisión de Kilmanheim y que los niños memoricen hoy sus poemas. Las cosas no han mejorado demasiado. Años después, el Nobel Seamus Haney, nacido en el Ulster, se negó a formar parte de una antología de autores británicos.

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