Dinamo estrellada

Relatos

 

EL SALTO DE DIOS

Lo peor de perder el tiempo no es el hecho en sí de perderlo; total, por mucho que digan que es oro, se trata de un patrimonio que, por valioso que sea y por mucho que uno trate de aprovecharlo, se gasta ineludiblemente y nunca se sabe hasta dónde va a alcanzar.

Así las cosas, en realidad, no vale la pena economizarlo porque igual te mueres mañana y todo termina importándote un carajo.

Sin duda, lo peor de perder el tiempo, es esa mala conciencia que deja. Siempre la maldita mala conciencia de no estar haciendo lo que se supone que debes. (...)

 

 

Miquel Silvestre

Miquel Silvestre

Miquel Silvestre es entre otras cosas Licenciado en Derecho. Posee por tanto unos superficiales conocimientos jurídicos que le sirven para ganarse la vida y para rellenar de paja sus novelas cuando se queda sin ideas. También es un iconoclasta y un atrevido autorzuelo que sustituye con desvergonzada cara dura sus carencias educativas. Y lo que es más grave, le sale bastante bien el trueque tramposo. Escritor visceral desde los veintidós años, edad en la que salió del glorioso ejército español con mucha rabia, algunos vicios y un acendrado sentimiento existencialista, le daba por atestar sus cajones de residuos gráficos que consideraba ilegibles. Hasta que un día, cumplidos los treinta y tres, le dio por intentar publicar.

Extraído de Cuánto y por qué tanto

Writer's Museum de Dublín (La Nueva España)

 

Con menos de cuatro millones de habitantes, Irlanda tiene cuatro premios Nobel de Literatura y se teme que dé alguno más antes de que el calentamiento global sumerja Estocolmo. De clima insufrible, pobre y apartada del mundo, la joven nación ha fraguado una identidad sentimental de antihéroe histórico; a Dios gracias, cercenado de extravíos cursis a fuerza de su secular alcoholización.


Literatura y política, siempre juntas y revueltas. Varios líderes de la rebelión de 1916 fueron poetas, como Patrick Pearse, quien formaría parte del efímero Gobierno Provisional de la República. Su premio, ser fusilado en el patio de la Prisión de Kilmanheim y que los niños memoricen hoy sus poemas. Las cosas no han mejorado demasiado. Años después, el Nobel Seamus Haney, nacido en el Ulster, se negó a formar parte de una antología de autores británicos.

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