34. Qué leer. ENERO 2008

Puesto que el autor es registrador de la propiedad, no extraña que imagine un futuro en el que las grandes corporaciones se han merendado el poder político para suprimir los problemas que conllevan conceptos como patria, nación o Estado. En Spanya SA Cataluña ha sido engullida por el mar (y reconstruida en Soria). Madrid está habitada por residuos humanos y el País Vasco ha conseguido la independencia tras firmar un contrato de explotación con Sony-Warner. Pero es que, además, la Policía funciona por un sistema de franquicias, las competiciones deportivas exhiben las posibilidades del dopaje y los avances médicos pueden alargar la vida humana más allá de los trescientos años... aunque sólo a quien pueda pagárselo. Spanya lleva al extremo algunas de las tendencias más preocupantes del mundo actual: las desigualdades crecientes entre pobres y ricos, las consiguientes oleadas migratorias (en la novela los países ricos pagan para que los pobres recluyan a la población emigrantes en enormes campos de refugiados) y el difícil encaje de los nacionalismos en un mundo cada vez más globalizado. Sin embargo, y pese a las posibilidades de su muy coherente y estremecedora distopía, Silvestre rehúye toda tentación de trascendencia y prefiere cultivar un tono de parodia ciberpunk que puede descolocar a más de un lector, en parte por culpa de personajes tan poco sutiles como el marciano Nivel Hungo (¿lo pillan?), con su aspecto de escarabajo gigante, o el espía adicto al tabaco que transmite la información a su planeta a través de eyaculaciones.

Ana CAMALLONGA.

 

 

 

Miquel Silvestre

Miquel Silvestre

Miquel Silvestre es entre otras cosas Licenciado en Derecho. Posee por tanto unos superficiales conocimientos jurídicos que le sirven para ganarse la vida y para rellenar de paja sus novelas cuando se queda sin ideas. También es un iconoclasta y un atrevido autorzuelo que sustituye con desvergonzada cara dura sus carencias educativas. Y lo que es más grave, le sale bastante bien el trueque tramposo. Escritor visceral desde los veintidós años, edad en la que salió del glorioso ejército español con mucha rabia, algunos vicios y un acendrado sentimiento existencialista, le daba por atestar sus cajones de residuos gráficos que consideraba ilegibles. Hasta que un día, cumplidos los treinta y tres, le dio por intentar publicar.

Extraído de Cuánto y por qué tanto

Writer's Museum de Dublín (La Nueva España)

 

Con menos de cuatro millones de habitantes, Irlanda tiene cuatro premios Nobel de Literatura y se teme que dé alguno más antes de que el calentamiento global sumerja Estocolmo. De clima insufrible, pobre y apartada del mundo, la joven nación ha fraguado una identidad sentimental de antihéroe histórico; a Dios gracias, cercenado de extravíos cursis a fuerza de su secular alcoholización.


Literatura y política, siempre juntas y revueltas. Varios líderes de la rebelión de 1916 fueron poetas, como Patrick Pearse, quien formaría parte del efímero Gobierno Provisional de la República. Su premio, ser fusilado en el patio de la Prisión de Kilmanheim y que los niños memoricen hoy sus poemas. Las cosas no han mejorado demasiado. Años después, el Nobel Seamus Haney, nacido en el Ulster, se negó a formar parte de una antología de autores británicos.

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