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"Las opiniones son como los culos, todo el mundo tiene una."
- Oída por ahí.
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(Denia, 1968)
Miquel Silvestre es entre otras cosas Licenciado en Derecho. Posee por tanto unos superficiales conocimientos jurídicos que le sirven para ganarse la vida y para rellenar de paja sus novelas cuando se queda sin ideas. También es un iconoclasta y un atrevido autorzuelo que sustituye con desvergonzada cara dura sus carencias educativas. Y lo que es más grave, le sale bastante bien el trueque tramposo. Escritor visceral desde los veintidós años, edad en la que salió del glorioso ejército español con mucha rabia, algunos vicios y un acendrado sentimiento existencialista, le daba por atestar sus cajones de residuos gráficos que consideraba ilegibles. Hasta que un día, cumplidos los treinta y tres, le dio por intentar publicar.
Con menos de cuatro millones de habitantes, Irlanda tiene cuatro premios Nobel de Literatura y se teme que dé alguno más antes de que el calentamiento global sumerja Estocolmo. De clima insufrible, pobre y apartada del mundo, la joven nación ha fraguado una identidad sentimental de antihéroe histórico; a Dios gracias, cercenado de extravíos cursis a fuerza de su secular alcoholización.
Literatura y política,
siempre juntas y revueltas. Varios líderes de la rebelión de 1916
fueron poetas, como Patrick Pearse, quien formaría parte del efímero
Gobierno Provisional de la República. Su premio, ser fusilado en el patio
de la Prisión de Kilmanheim y que los niños memoricen hoy sus poemas.
Las cosas no han mejorado demasiado. Años después, el Nobel Seamus
Haney, nacido en el Ulster, se negó a formar parte de una antología
de autores británicos.