Salto en paracaídas:
Desde que me rompí el codo izquierdo en un accidente de motocicleta no había vuelto a saltar en paracaídas. Los aterrizajes requieren coordinación en los brazos y el mío estaba bastante inútil. Pero diez meses de inactividad son muchos para un paracaidista. El salto es como el toreo. He oído decir que los matadores, si dejan de torear varios meses, pierden la costumbre y su lugar lo ocupa el temor. Yo quería seguir lidiando nubes. Decidido a romper el maleficio del miedo, viajé recientemente a Ocaña para saltar a 4.000 metros de altitud. Mi interés por el paracaidismo comenzó en el servicio militar. Me tocó por sorteo la Brigada Paracaidista. A falta de suficientes vocaciones, la BRIPAC se nutría de desmotivados quintos de reemplazo como yo. No hice el curso. Para ser paracaidista debía firmar como profesional, con un compromiso de dieciocho meses. A mí ya me parecía suficiente con un año de privación de libertad.
Caída libre
En la Escuela de Paracaidismo de Ocaña dan cursos de Caída
Libre Acelerada (1.380 euros). Antiguamente, a la caída libre
sólo se llegaba después de muchos saltos en automático,
el clásico de las películas bélicas. A poca
altura, el paracaidista va unido al avión con una cinta.
Al saltar, ésta se encarga de extraer la campana casi de
forma inmediata. No hay sensación de caída y la maniobrabilidad
es mínima.
En caída libre, el paracaidista abre manualmente después
de un vuelo vertical de, como mínimo, cincuenta segundos
en el que alcanza 200 kilómetros por hora. Tras un día
de clases teóricas, el alumno saltará a 4000 metros
acompañado por dos monitores. Pero será él
quien tenga que abrir el paracaídas y aterrizar. El curso
completo son siete saltos en los que irá superando ejercicios
que le habilitan para hacerlo solo. Si luego quiere saltar con un
compañero, deberá hacer 25 saltos más y pasar
el examen del título A, que acredita que sabe maniobrar de
forma precisa, pues lo más peligroso de este deporte es una
colisión entre paracaidistas.
El día elegido las nubes estaban altas y no impedían
el salto. El viento era suave y constante. En la escuela encontré
a Iñaki, su fundador. Iñaki es un ex economista que
decidió convertir en profesión lo que era pasión.
Me pregunta si mi licencia federativa está vigente. «Sí»,
contesto. «¿Cuánto llevas sin saltar?».
«Diez meses». «Tendrás que hacer un salto
supervisado». La seguridad es lo primero. Un monitor comprobará
que no soy un peligro ni para mí ni para los demás.
Agustín Muñoz saltará conmigo. Recuerdo mi
primer salto. La pequeña avioneta Pilatus cargaba con ocho
paracaidistas. Cuando se abrió la puerta, casi me quedé
paralizado al ver cómo eran inmediatamente absorbidos por
el vacío. Me coloqué de rodillas paralelo a la apertura
y esperé la señal. Tenía que relajarme y arquear
ofreciendo la pelvis como punto más bajo para que el viento
me sustentara. Cualquier intento de lucha sería inútil.
En el aire no hay sitio donde agarrarse y si lo intentas, sólo
conseguirás que el viento te maneje como a un pelele. Cuando
salté, mi cerebro sufrió una sobrecarga sensorial
totalmente desconocida hasta entonces. No estamos diseñados
para arrojarnos al vacío. Me encogí como acto reflejo
de defensa. Justo lo que no debía hacer. Sentí entonces
una violenta sacudida. Eran los monitores, que me sujetaron a cada
lado para mantenerme estable a la fuerza. Tras un par de segundos
de bloqueo, completé el primer nivel sin demasiados problemas.
Antes de hacerlo nosotros, saltaron los tamdems. El salto tamdem
(185 euros) es el método más sencillo de experimentar
la caída libre. Se salta atado a un monitor y él se
encarga de todo. Sé que son seguros, si no, no le hubiera
regalado uno a mi madre cuando cumplió setenta años.
El equipo necesario
Mientras espero el vuelo me preparo. Lo primero, ropa de abrigo
ligera y resistente, sin solapas ni nada que pueda aletear. El altímetro,
auténtico seguro de vida. Las gafas de salto. Imprescindibles.
El casco de resina. Y finalmente, el paracaídas, formado
por el contenedor, la campana principal y la de emergencia. Los
equipos actuales son muy resistentes y ligeros. Van provistos de
un sistema informático que hace saltar la campana de emergencia
si a una determinada altura se desciende a demasiada velocidad.
Con eso se garantiza que aun sufriendo un desvanecimiento, el paracaídas
se abrirá. Un equipo nuevo puede costar entre seis y doce
mil euros, pero hay buenas oportunidades de segunda mano y en cualquier
caso, en el centro se pueden alquilar por quince.
Subimos a la Pilatus. La plaza cuesta 24 euros. Desaparecen todas
las preocupaciones. Cuando uno está a punto de arrojarse
al cielo azul, se tornan insignificantes todos los demás
asuntos. A 3.500 metros nos colocamos las gafas, el casco y nos
saludamos frotando los dedos de la mano derecha y entrechocando
los nudillos. La puerta se abre a 4.000. Ha llegado el momento de
la verdad. Agustín se coloca entre el estribo y el ala para
verme salir. Cuando me da la señal, me lanzo al vacío.
Tras una voltereta, arqueo, me estabilizó y enseguida le
veo enfrente de mí. Todo va bien, le digo por gestos.
La sensación es deliciosa, el aire huele a ozono limpio y
el viento acaricia todo mi cuerpo. La tierra se aproxima a toda
velocidad. Juego un poco y abro a mil doscientos. Siento una fuerte
sacudida al abrirse la campana. Miro hacia arriba y compruebo que
los cables no se han enroscado entre sí. Agarro los mandos
y tiro de los frenos; funcionan bien. Planeo con calma sobre la
meseta toledana. Al ver el penal, me acuerdo de aquel paracaidista
que cayó dentro del patio. Yo no he ido nunca tan lejos,
pero en mi tercer salto caí detrás de la autopista
y tuvieron que venir a buscarme en furgoneta.
En el tránsito final, vuelo paralelo a la pista de aterrizaje
del aeródromo con cuidado de no cruzarla, podría encontrarme
con un velero despegando. A 100 metros de altura hago un giro de
noventa grados para ponerme de cara al viento. A dos, tiro de los
frenos y el campo arado me recibe con suavidad. Mientras recojo
la tela, veo al resto de paracaidistas tomando tierra. Recuerdo
entonces las palabras de Agustín cuando surcábamos
el mar de nubes hace apenas unos minutos. «¿Puede haber
un trabajo mejor que el mío?». Imposible, pienso mientras
me dirijo al «manifest» para apuntarme en el siguiente
vuelo.
Tel.: 91 129 93 76. www.skydive.madrid. Real Federación Aeronáutica
Española. www.rfae.org Centro de Paracaidismo de Ocaña.