Gaélico:

Un idioma mítico



Irlanda tiene aura de escenario rural y bucólico, pero su historia es de todo menos tranquila. Los vikingos, que fundaron Dublín, hicieron frecuentes y salvajes incursiones. Todavía hoy se habla allí de los normandos como sinónimo de plaga. La dominación británica fue durísima y las leyes que impedían a los católicos (el 90%) ser electores o elegibles no se derogarían hasta 1829. En el siglo XIX, la isla sufrió una hambruna que asesinó a un millón y medio de habitantes (The Great Hunger). En 1921 consiguieron la independencia gracias a firmar un tratado que implicó la segregación del Ulster y un conflicto civil entre nacionalistas (de nuevo, maximalistas frente a pragmáticos) que causó más muertos que la propia guerra de liberación.

Ni siquiera es tranquila la vida irlandesa en la actualidad. La República de Éire ha dicho No al tratado de Lisboa a pesar de ser uno de los estados más beneficiados por su pertenencia a la Unión. Allí no se les ocurrió presentarlo como una Constitución Europea. La historia de Irlanda está teñida de sangre por el autogobierno. Una Constitución llegada de fuera les resultaría intolerable. Algunos de los más llamativos carteles del No consistían en la primera declaración del Gobierno provisional de la República dirigida a los irlandeses y a las irlandesas («irishmen and irishwomen») con un gráfico mensaje sobreimpreso: «Algunos murieron por tu libertad, no les des la espalda. Di no».

¿Qué encuentra el viajero al llegar? Pintas de cerveza Guinness, el pub como institución social, lluvia y las señales de tráfico escritas en inglés, pero también en otra lengua. ¿Qué son estas palabras impronunciables e ininteligibles? se preguntan muchos turistas. Es el gaélico, la lengua mítica que hablaban los irlandeses en los tiempos arcádicos anteriores a la invasión inglesa en el siglo XII. Se trata del idioma oficial de la República de Éire (el inglés lo es con carácter secundario, o al menos así lo contempla su constitución). El gaélico es de enseñanza obligatoria, tiene un canal de televisión propio, el TG4, y en 2007 se admitió como lengua de trabajo en la Unión Europea. Lo que se explica porque el hecho político irlandés es el nacionalismo y no por un uso social consolidado de tal lengua. El gaélico (que también sobrevive a duras penas en Escocia y en la Isla de Man, allí se le llama manx) lo manejan hoy menos de 200.000 personas, el 2% de la población, y está en franca regresión: la población de habla gaélica está disminuyendo por puro envejecimiento.

Existen multitud de dialectos, algo propio de comunidades aisladas entre sí, aunque hay tres principales: El Ulster, en el norte, el Munster, en el centro, alrededor de Tipperary, y el Connacht en la zona oeste, donde está el mayor Gaeltacht, o comunidad de hablantes. Esta comunidad está en Conemara, en el Condado de Galway. A poca distancia de la ciudad del mismo nombre, salpican el mar un puñado de pequeños islotes asolados por el viento y la lluvia. En la isla más grande, de 10 kilómetros de longitud, apenas resisten 900 almas, seis pubs y un par de árboles raquíticos. Es una región atrasada y pobre. Sin embargo, el tráfico de ferries es constante y cada año reciben cientos de miles de visitantes.

Peregrinación linguística

Una de las razones para tan multitudinaria peregrinación es que la lengua materna de los isleños es el gaélico. Lo ha sido siempre. La naturaleza allí es tan adversa que los ingleses no se tomaron en serio la conquista. Los irlandeses del interior visitan las islas con la reverencia debida a un pedazo vivo de su historia mítica de leyendas celtas. Allí hay una escuela gaélica para niños, pero también dan cursos intensivos para adultos que desean aprender el idioma. Un idioma, no se olvide, cuyo mero reconocimiento fue una de las concesiones arrancadas a los británicos para la firma en 1998 de los acuerdos de paz en Irlanda del Norte.

A pesar de la fiereza del tiempo allí y de la natural despoblación, las Islas de Aran son una especie de paraíso mitológico, un fósil viviente sólo por ser uno de los últimos reductos vírgenes en un mundo cultural anglosajón; porque si ayer eran las tropas del Rey inglés, hoy son las series televisivas inglesas, norteamericanas o australianas las que imponen un arrollador monolingüismo.




 

Miquel Silvestre

Miquel Silvestre

Miquel Silvestre es entre otras cosas Licenciado en Derecho. Posee por tanto unos superficiales conocimientos jurídicos que le sirven para ganarse la vida y para rellenar de paja sus novelas cuando se queda sin ideas. También es un iconoclasta y un atrevido autorzuelo que sustituye con desvergonzada cara dura sus carencias educativas. Y lo que es más grave, le sale bastante bien el trueque tramposo. Escritor visceral desde los veintidós años, edad en la que salió del glorioso ejército español con mucha rabia, algunos vicios y un acendrado sentimiento existencialista, le daba por atestar sus cajones de residuos gráficos que consideraba ilegibles. Hasta que un día, cumplidos los treinta y tres, le dio por intentar publicar.

Extraído de Cuánto y por qué tanto

Writer's Museum de Dublín (La Nueva España)

 

Con menos de cuatro millones de habitantes, Irlanda tiene cuatro premios Nobel de Literatura y se teme que dé alguno más antes de que el calentamiento global sumerja Estocolmo. De clima insufrible, pobre y apartada del mundo, la joven nación ha fraguado una identidad sentimental de antihéroe histórico; a Dios gracias, cercenado de extravíos cursis a fuerza de su secular alcoholización.


Literatura y política, siempre juntas y revueltas. Varios líderes de la rebelión de 1916 fueron poetas, como Patrick Pearse, quien formaría parte del efímero Gobierno Provisional de la República. Su premio, ser fusilado en el patio de la Prisión de Kilmanheim y que los niños memoricen hoy sus poemas. Las cosas no han mejorado demasiado. Años después, el Nobel Seamus Haney, nacido en el Ulster, se negó a formar parte de una antología de autores británicos.

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